Café Blog

3 October, 2005

La caricia de su mirada

la caricia de su mirada
Estuvo escuchando, prestó toda la atención que le fue posible. Pero no entendió, no pudo comprender. Ella ni siquiera parpadeaba, convencida de que sus argumentos eran irrebatibles, segura de si misma, de que no hay nada ni nadie que le pudiera contradecir. Porque ella jamás se equivocaba, no podía aunque quisiera. La equivocación estaba fuera de su alcance.

El callaba, que otra cosa podría hacer si no. Sólo alguna lágrima recorría su mejilla y ella, sin que una dulce sonrisa pudiera abandonar sus labios, la recogía. Le decía que no había por qué preocuparse, todo estaba resuelto, no era posible la vuelta atrás. Y volvía a repetirlo cuando a falta de palabras eran las lágrimas de él las que hablaban.

El tiempo pasaba lentamente, y lentamente su voz se iba apagando. Dentro de él ya no surgían preguntas, ni tan siquiera la del porqué de todo esto. Todo carecía de importancia cuando lo único importante para él era ella, siempre lo había sido. Pero ella no lo veía así. Se acercaron aún más y ambos se fundieron en un abrazo sin final. Ya no le quedaría nada de ella, sólo el recuerdo.

Dejó resbalar unas últimas lágrimas. Y aquella soledad de la que habían huído invadió todo su ser, para no abandonarle más que en la encrucijada de algún sueño.

Aún hoy, cuando mira en la noche a la más pequeña y perdida de las estrellas, puede sentir su dulce sonrisa acariciando su mirada.





22 August, 2005

Salvajes

salvajes

Estaba en el bar leyendo el periódico y mirando de reojo el televisor cuando pude ver la noticia de otra llegada de inmigrantes subsaharianos en patera. Hombres, mujeres y niños que llegaban desfallecidos a la costa. No le habría prestado mucha atención. La fuerza de la costumbre hace que estos dramas humanos que se repiten día a día dejen de ser noticia. Iba a seguir con mi lectura cuando me sorprendió reconocer la playa donde estuve en mis últimas vacaciones en el mar.
Al parecer el video había sido grabado por uno de los propios bañistas que lo cedió a la televisión. El video mostraba la llegada en patera de inmigrantes subsaharianos con varios bebés. Resulta curioso ver a los pobres inmigrantes venidos del tercer mundo llegar exhaustos a la playa y a los habitantes del primer mundo, desnudos, ayudándoles. La patera había ido a parar a una playa nudista.

El comentarista no hizo mucho chascarrillo de la situación, pero en una de las mesas cercanas a la mía un par de señoras mayores no perdían detalle. Una de ellas tenía cara de habérsele roto los esquemas al ver a los negritos vestidos y a los blancos desnudos. ¿No se suponía que eran los negritos del África los que iban desnudos por la selva? Seguramente eso le decían de pequeña. Eran tiempos en que los negritos solo estaban en la selva y no llegaban en barcas a las costas españolas. Ni por ensoñación se podía pensar que sería habitual verles por la calle como ahora, o tenerles de vecinos. Como mucho eso solo pasaba en las películas americanas. En aquellos tiempos se decía que había que ayudar a los negritos por que no tenían ni para vestirse (suponían que esa era la única razón de que fueran por la selva como Dios los trajo al mundo). Y ahora ellos, los pobres negritos, llegaban vestidos y nosotros, los españoles europeos, los recibimos en cueros. Pobre señora.

Mientras veían a los desnudos bañistas ayudar a los pobres inmigrantes una de las dos señoras se sonreía y ante algún comentario desaprobatorio de la otra le dijo:

–¿a ti no te gustaría bañarte y tumbarte al sol en la playa desnuda?

–¿A mi? –dijo la señora– ¿como si fuera una salvaje? ¡¡Pero que cosas tienes María!! Estas cosas antes no pasaban.

La amiga, María, se reía para sus adentros y seguramente se alegraba de que las cosas hubieran cambiado y que si uno quiere comportarse como un “salvaje” pueda hacerlo libremente.

De todas maneras, vestidos o no, estos pobres negritos siguen siendo eso, pobres.



Tema: En servilletas de papel - Miguel @ 11:00 pm



14 July, 2005

Mesa para dos

Mesa para dos El siempre se sentaba en la mesita del fondo, al lado de las revistas y los periódicos. Solía venir a este café más o menos a la misma hora. En este local hacían el mejor café de la ciudad y el ambiente era agradable. Podía leer toda la prensa y ojear innumerables revistas.

Ella se sentaba en una mesita no muy lejos de la de él. Tenía aspecto de mujer culta y elegante. A ella también le gustaba leer la prensa del día mientras tomaba un café. Cuando se levantaba a por uno de los periódicos había veces que su mirada se cruzaba con la de él. En aquellas ocasiones se ofrecían una sonrisa a modo de saludo. Es como si se conocieran de toda la vida, aunque nunca hubiesen hablado. Casi siempre coincidían los dos a la misma hora, en las mismas mesas. Ninguno recordaba cuanto tiempo llevaban yendo a ese café, ni cuando descubrieron la presencia del otro.

Ella se levantó como solía hacer para buscar uno de los periódicos que estaban al lado de él. Se cruzaron las miradas como tantas veces, y como tantas otras veces se sonrieron amablemente. Esta vez ella tropezó y estuvo a punto de caer. El se levantó inmediatamente y se disculpó por la torpeza de haber dejado su nuevo bastón en un lugar tan inadecuado. Ella no recordaba haberle visto nunca con bastón, aunque desde hacía días le había parecido que cojeaba un poco. Aceptó sus disculpas y restó importancia al incidente. Se quedaron unos momentos mirándose sin decir nada, hasta que él, indeciso, le ofreció sentarse en su mesa. Ella sonrió y aceptó. Y tras un momento en el que no supieron que decir, él cogió sus manos y le confesó que hacía años que quería que algo así hubiera pasado.

Desde la barra yo les había estado observando, como solía hacer siempre. Uno de mis clientes se fijó en la pareja y me dijo son sorna:

-Mira esos viejos, ¡si parecen dos tortolitos!

Le contesté sin dejar de mirar a los ancianos:

- Son los clientes más antiguos que tengo. Llevan viniendo aquí desde que abrí el local hace años.

La pareja no dejaban de mirarse mientras hablaban de lo humano y lo divino. Recordé como casi todos los días venían a tomar café y se sentaban en las mismas mesas. A esas horas nunca hay mucha gente en el local y además yo siempre les había reservado secretamente las mismas mesas y había impedido que otros clientes se sentaran en ellas cuando alguno de los dos se retrasaba. A partir de ahora solo les reservaré una mesa.

El pagó las consumiciones y me dejó una buena propina. Se despidió de mi hasta mañana. Salieron del local agarrados del brazo y se alejaron lentamente, pues el cojeaba un poco y todavía no dominaba el bastón.






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